Aprender a actuar

Aprender a actuar
Canalización de los espíritus de la naturaleza
30.5.2020
Por Andrés Jiménez

La acción, cuando viene del miedo, es control, y le da realidad al miedo. Se crea así un ciclo en el que ninguna acción, ningún intento de control, son suficientes, porque cada acción hace más real y más fuerte al mismo miedo que intenta eliminar.

La acción que viene del miedo siempre se trata de mí. De lo que puedo perder o ganar, controlar o no. Es por eso que la acción que viene del miedo depende siempre de su resultado. El resultado es su juez, y juzga no sólo la acción, sino también a quien la ejecuta, convirtiéndose en la medida exacta del valor de esa persona.

Cuando uno se hace dueño de su acción el resultado no su juez. No se hace esto para obtener o evitar aquello, sencillamente se hace porque hay impulso, atracción. La energía que guía a esta acción es la compasión, que a su vez viene del amor incondicional a toda la vida: amor que me incluye, y que se convierte en el suficiente amor por mí mismo y en el suficiente respeto por mí mismo como para permitirme escuchar aquello que quiere ser hecho a través de mí.

La compasión moviliza una acción que no está centrada en mí, pero que al mismo tiempo no me excluye. Sentimos compasión cuando disolvemos la ilusión de la separación, y comprendemos que no somos distintos del otro, del árbol, del viento, del pájaro en la rama. Que no hay yo ni tú, esto o aquello. Sólo un inmenso nosotros. Esta acción siempre nos incluye porque parte de la sabiduría de la interrelación: si no cuido de mí, no estoy cuidando de ti; si no cuido de ti, no estoy cuidando de mí.

La acción que parte de la compasión siempre quiere aliviar el sufrimiento y crear equilibrio, pero ni el dolor o la felicidad que surjan de ella determinan su valor o el valor de quien la ejecuta. La acción misma es el valor, la felicidad, el equilibrio, el alivio del sufrimiento. Una acción así está llena de energía y sana y restaura a quien la ejecuta. Le da realidad al momento de la acción, al presente, y nos devuelve este momento, con todo lo que contiene, como regalo.

La acción que parte de la compasión dispone así de infinita energía. El miedo agota, la compasión restaura.

Para ser compasiva, la acción necesita partir de la comprensión de las raíces del sufrimiento. Cuando no es así, la acción quiere ser compasiva pero no está lista para ello, y en el fondo es miedo y busca un resultado: eliminar un síntoma, una manifestación dolorosa o incómoda.  La comprensión profunda de las raíces del sufrimiento es una condición de manifestación de la acción compasiva.

No hacer puede ser la acción de la compasión y también la del miedo. Si no hacer significa que soy una mala persona, que soy culpable de los resultados de ese no hacer, esa acción viene del miedo, especialmente al fracaso, y revela la existencia de una expectativa precisa de un resultado. Si el no hacer viene de la necesidad de castigar o del deseo de ser amado por algo que no sea mi acción (por ejemplo, mi esencia), esa acción viene del miedo, particularmente al abuso.

Si el no hacer proviene de la comprensión de que esa es la acción correcta para aliviar las raíces del sufrimiento y restaurar el equilibrio no sólo para mí, sino para todo, ese no hacer viene de la compasión, y produce poder e inspiración.

Cuando un pájaro emprende el vuelo, ese vuelo es la alegría misma. Aprender a actuar es aprender a volar.

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